Hace algunos años atrás se celebraba en la ciudad Puerto el entretenido concurso literario llamado “Valparaíso en 100 Palabras”.

Los postulantes debían presentar un micro cuento que no excediera el centenar de palabras y cautivar con sus relatos de ficción o reales tanto a jueces como lectores.

Organizado por la Fundación Plagio, la idea fue transmitir aquellos relatos de la propia identidad porteña, dar cuenta del colorido de los cerros, reflejar la mágica y cruda realidad del porteño, visibilizar a los pobres perros callejeros y una que otra imagen más de la ciudad puerto.

A continuación te presentamos algunos y muy buenos cuentos que nos legó este maravilloso concurso literario.

“Apuro” por Constanza Gaete Vivar, 14 años, Valparaíso.

El Luchito se levantó, se lavó la carita. Se vistió no supo cómo. Echó todos los cuadernos en su mochila y, casi a escondidas, le sacó cien pesos a su mamá de la chauchera. Tomó la micro apurado y de pasada le preguntó la hora al chofer: eran las ocho. Se bajó en la Escuela Alemania. Entró rapidito. No se quería perder el desayuno.

“Los sueños de un niño” por Macarena Fresard Sepúlveda, 17 años, Concón.

Entonces desplegó las alas, voló por los aires, viajó a las estrellas, observó el sol y la luna, se maravilló con su grandeza, conoció marcianos verdes, destruyó un meteorito y encontró su camino de vuelta a la Tierra. En ella mató dragones, comió muchos dulces, recorrió praderas, salvó a la doncella, ganó carreras, saltó sobre charcos, peleó con espadas, jugó a la pelota y conoció la felicidad. Eran los sueños que pasaban por la mente de José mientras vendía verduras en el mercado El Cardonal, sueños interrumpidos por un cliente: “Deme un kilo de tomates, mijito”. “¿Los más grandecitos, cierto?”.

“Llámame” por Mauricio Mura Pineda, 20 años, Los Andes.

El chofer de la micro frenó brusco, como siempre, justo cuando sonó el celular; contesté y la voz saltó de inmediato, estaba tan gastada por los años. Necesito verte, hijo, te extraño tanto, me dijo ahogado. Cuánto necesitaba oír esas palabras. Perdóname, necesito verte, me insistía melancólico. Ahí estaré hoy, viejo, le dije con un hilo de voz. No tuve el coraje de decirle que era número equivocado.

“Un adiós en bicicleta” (Premio al talento joven) por Javier Nieto Valle, 17 años, Quilpué.

Ese viernes quedamos de juntarnos en un pequeño local porteño donde vendían completos. A eso de las seis, llegó vestido con jeans y un chaleco gastado. Nos sentamos y pedimos un italiano para cada uno. Comimos en silencio, hasta que un viejo carrito oxidado pasó frente al local vendiendo  unas figuritas de cobre que simulaban bicicletas. Compró una y me la pasó:《Terminamos》. No dijo más. Tomé mis cosas y salí. Cuando llevaba unos metros, me gritó si quería que me acompañara a tomar la micro. Le grité que esa tarde iba a irme en bicicleta.

“Primera vez” por Javiera Torres Jara, 19 años, Viña del Mar.

Era la primera vez que iba a su liceo. Sentía un poco de miedo de que sus compañeras nos comenzaran a pelar al día siguiente, pero fui igual. Caminamos hasta la plaza Victoria, nos detuvimos porque se acercaba don Lalo, vendedor de helados York, con su caja de plumavit. Le compré dos, extrañado preguntó por la cantidad que había comprado. Le confesé que el otro era para mi polola. Sonrío, no se hizo dramas. Antes de entregarle el halado a la Dani, le di un beso. Nadie nos miró extraño, aunque las dos usáramos jumper. Eso me hizo feliz.

“El oficio de ser papá” por Francisco Freire Arraigada, 27 años, Viña del Mar.

Sube a la 603 en Errázuriz con Avenida Argentina. Me presento respetuosamente ante los potenciales clientes: 《Lleve los alfajores, a cien pesos los alfajores》. Camino a lo largo del pasillo buscando interesados entre las miradas perdidas. Doy las gracias al chofer por su buena disposición y me bajo casi al frente del Huevo. Meto la mano al bolsillo y una leve sonrisa, casi imperceptible, se desliza por mi mejilla. Una sensación de satisfacción y regocijo se apodera de mí: 《A este ritmo la Gabrielita tendrá todos los útiles que pidió la profesora para su nuevo año escolar》.

“Olor a sopaipilla” (Primer lugar) por Sergio Sepúlveda Astudillo, 30 años, Valparaíso.

Me salí del liceo para ayudar a mi mamá en el puesto de sopaipillas que está cerca del terminal. Desde aquí se ve el Congreso, pero no me imagino a esa gente comiendo acá. No es un mal trabajo. Mi pololo me va a ver después de clases. Hacemos hora y vamos a su casa, directo a la cama. Él siempre me dice que estoy pasada a fritura, que le da hambre sentir mi olor. Después me voy antes de que llegue su familia. Tomo la micro y escucho música. Desde la ventana se ven los cerros y el mar.

“El gringo” por Francesca Norero Pineda, 31 años, Viña del Mar.

Le decían el Gringo por su pelo rubio y carácter aventurero. Gustaba de pasear por el puerto, siguiendo el recorrido de los trolebuses. De noche, era común verlo fuera del Cinzano escuchando las penas de algún beodo parroquiano o escoltando en silencio a vecinos por empinadas escaleras hasta sus hogares. Férreo defensor de los estudiantes, marchó junto a ellos defendiéndolos del guanaco, como si fuera uno más. Murió en la calle como tantos, donde lo abandonaron siendo cachorro y donde creció gracias al cariño de estos amigos a quienes acompañó sin juzgar, como sólo los animales lo saben hacer.

“Don Ángel” (Mención honrosa) por Pablo Barría Urenda,  33 años, Viña del Mar.

Tiene una calcomanía de San Expedito y guantes de cuero cortados. Una vez hizo la avenida España en veinte segundos un poco antes del mediodía. Su camisa blanca siempre está impecable, con el cocodrilo sonriente y listo para la batalla. Nunca toca el dinero ni los boletos, sus copilotos son legión. Duerme en Bellavista arrullado por la cumbia, al amparo de las luces negras, y desayuna un completo del Yuri mientras la máquina se llena. Nunca lo han visto caminar. En la garita le prenden velas.

AUTOR. Elsemáforo.cl.

Domingo, 28 de Septiembre de 2025.

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