
A los veintiocho años, yo me sentía el dios del éxito. Tenía dos maestrías, trabajaba en una transnacional en el piso cuarenta, usaba trajes de marca y mi tarjeta de presentación decía “Gerente Senior de Estrategia”.
Por eso, cuando me llegó la invitación a la reunión de los diez años de graduados de la preparatoria, confirmé mi asistencia de inmediato. Quería que todos vieran lo lejos que había llegado. Quería presumir.
Llegué al restaurante en mi coche a crédito, asegurándome en dejar las llaves sobre la mesa para que se viera el logo de la marca alemana. Y ahí estaban todos esperándome. Ricardo, el médico. Sofía, la arquitecta. Y Julián, el abogado.
Todos hablábamos el mismo idioma: quejas sobre impuestos, estrés por las fechas de entrega, hipotecas altas y lo poco que dormíamos. Competíamos por ver quién estaba más “ocupado”, porque en nuestro mundo, estar ocupado es símbolo de estatus.
Entonces llegó “Beto”. Él era el chico que se sentaba al fondo del salón. Nunca fue bueno para las matemáticas, ni para la historia. No fue a la universidad. Apenas se graduó de la prepa, su padre murió y tuvo que hacerse cargo de una pequeña carnicería de barrio.
Cuando entró Beto al restaurante, se hizo un silencio incómodo. Beto vestía una camisa polo sencilla, jeans y botas de trabajo. Tenía las manos ásperas y una quemadura reciente en el antebrazo.
Ricardo, el médico, soltó una risita y le susurró a Sofía: —Pobre diablo. Se quedó estancado en el mostrador cortando bistecs.
Lo invitamos a sentarse por lástima. Yo, con mi arrogancia de gerente, decidí “incluirlo” en la conversación con esa falsa amabilidad que humilla.
—Y cuéntanos, Beto, ¿cómo va el negocio? ¿Sigue siendo difícil la vida en el mercado?
Beto sonrió, tranquilo. No se veía intimidado por nuestros relojes caros. —Bien, gracias. Es trabajo duro, pero no me quejo. Hay días buenos y malos, como todo.
La cena siguió. Nosotros pedimos botellas de vino caras para demostrar poder. Beto pidió una limonada. Empezamos a hablar de nuestras “inversiones”.
Yo alardeé de mi departamento, que le debo al banco por treinta años. El abogado habló de su viaje a Europa, que pagó en veinticuatro meses y sin intereses. Beto solo escuchaba y comía.
Al final, llegó la cuenta. Era astronómica. El abogado propuso que lo dividiéramos en partes iguales. Todos sacamos nuestras tarjetas de crédito. Yo recé mentalmente para que la mía pasara, porque la tenía casi al tope. La tarjeta del médico fue rechazada al primer intento. —Error del chip—bromeó él avergonzado.
Beto nos miró a todos sudando frío por un pedazo de plástico. Sin decir una palabra, sacó un clip con billetes de su bolsillo. Muchísimo efectivo. Puso el monto total de su parte, más la propina de todos, y luego dijo:
—Saben qué, déjenlo así. Yo invito la cuenta completa. Ha sido un gusto verlos.
Nos quedamos helados. Eran casi 500 dólares.
—Beto, no es necesario, es mucho dinero—balbuceé.
—Tranquilo—me guiñó con un ojo—Hoy fue un buen día en los locales. Vendimos bien.
—¿Locales?—sorprendido quedé—¿En plural?
—Sí. Tengo cuatro carnicerías ahora y una distribuidora de carne para restaurantes. De hecho, le surto a este lugar—dijo señalando a la cocina—No tengo gerentes, ni maestrías. Pero tampoco tengo deudas. Y lo mejor es que a las dos de la tarde cierro y me voy a jugar fútbol con mis hijos todos los días. No tengo que pedirle permiso a un jefe para verlos crecer.
Beto se levantó, se despidió de mano de cada uno y salió caminando tranquilo hacia una camioneta pickup estacionada afuera. No era una camioneta de lujo para aparentar. Era una camioneta de trabajo, grande, fuerte y pagada al contado.
Nosotros, los “exitosos”, nos quedamos en la mesa, con nuestros trajes caros y nuestras deudas impagables, mirando la silla vacía del “fracasado”. Esa noche entendí que yo era un esclavo con corbata. En cambio, Beto era un hombre libre con botas.
FIN
**El anterior relato le pertenece a un autor desconocido a quien descubrimos en una página de Facebook llamada “Empty Mind”. Sin embargo, realizamos unos ajustes para este sitio web.
AUTOR. Elsemáforo.cl.
Domingo, 11 de Enero de 2026.


