
A un costado de la caleta de pescadores, se estacionó un viejo cacharro que en sus días de gloria despertó la envidia de muchos. De su interior descendió un señor ya muy canoso y con cara de pocos amigos.
El senil hombre se dirigió hasta el maletero de su joyita del “59”, para tomar una caña de pescar, un deformado y castigado tarro de metal, un portátil asiento y su fiel termo que contenía un litro de caliente y cargado café negro.
Él ya perdió la cuenta de hace cuántos años realiza la misma acción cada mañana, desde la primera vez que visitó el lugar, pero jamás se cansó de contemplar la belleza y tranquilidad del océano, mientras la cuerda de su caña armoniza con las ondulaciones del agua, su mente vaga en aquellos recuerdos tan lejanos y hermosos, que pareciera le pertenecieron a otra persona.
Por otro lado, los pescadores de la caleta que siempre arriesgan sus vidas en alta mar, que amanecen antes que lo haga el alba y que se esmeran por capturar lo que les dará de comer a ellos y a sus propias familias, sin importar las condiciones del clima, siempre se preguntaron qué carajo hacia ese viejo loco cada mañana, dado que nunca ha pescado nada a lo largo de tantos años.
Por alguna razón, ningún pescador se atrevió a preguntar a este extraño hombre mayor el motivo de su diaria visita a la caleta, sin embargo, un joven y curioso mariscador, que muy pronto se convertirá en padre por primera vez, decidió acercarse a este misterioso sujeto y así acabar de una buena vez por todas las absurdas historias que inventaron sobre él.
Tras un cordial saludo entre el señor y el pescador, el impaciente muchacho no tardó en preguntar al anciano, que se mantuvo sentado y sujetando su vieja caña de pescar mientras observaba el sereno mar, para qué venía siempre si nunca atrapaba un pescado.
—No capturo peces muchacho, sino motivos—respondió tajante el senil hombre que ante el asombro del joven mariscador que jamás imaginó tal respuesta, en silencio se quedó a su lado, para seguir escuchando a la persona que despertó en él un genuino interés.
—Hace muchos años murió mi mujer, el gran amor de mi vida, a quien hice feliz y también mucho daño. Mis hijos ya no me vienen a ver por propia voluntad, menos mis nietos. Vivo solo en una gran casa. Vacía. Sin vida. Sólo me quedan los recuerdos y las viejas fotografías.
—Pero, ¿busco ayuda señor?
—Sí. Pero, después de terapias, charlas y todas esas tonteras, un día encontré en el garaje estas cosas que eran de mi difunta esposa. Siempre odié la carne de pescado y el mar, a diferencia de mi mujer que los amaba. Así que me siento aquí cada mañana, a veces por mucho rato o por poco tiempo, para pensar si vale la pena seguir viviendo un día más, mientras capturo motivos que nunca me regresaran a esos días felices.
El joven mariscador no supo qué contestar. Su incomodidad creció cuando miró por casualidad el interior del machucado tarro de metal, en cuyo interior se escondía una pistola, mientras el océano no paraba de oscilar calmo y majestuoso, en un eterno vaivén que nunca se sabe cuándo estallará.
“Dedicado a la memoria de mi difunta abuela materna, Marta Farías. Jamás olvidaré el día que me enseñaste a lavar ropa a mano y como tú sonreíste por eso”.
FIN.
-Cuento #5-
¡Abrazo literario!
Sergio Muñoz es periodista y escritor. Publicó en 2022 “Entre el Cenit y el Abismo. Y otras ficciones”. Puedes seguirlo a través de su cuenta de Instagram y Facebook.
Martes, 30 de Mayo de 2023


