Según la mitología griega, Orfeo fue un hombre virtuoso y bendecido con el don del canto y de poder tocar maravillosamente la lira, talento que cautivaba tanto a los animales, a los hombres y a los propios dioses.
Durante un paseo por el bosque, Orfeo descubrió a una hermosa ninfa que al verlo se asustó y se escondió de él, por detrás de los arbustos.
No obstante, el supuesto oriundo de Tracia conveció a la doncella para que saliera de su escondite y de paso le ofreció dedicarle bellas canciones, siempre y cuando ella le revelara su nombre. —Eurídice— dijo con tímidez la deida menor que, y sin pretenderlo, cautivó al baladista.
Orfeo se predispuso a cumplir con su palabra no antes de acomodar a Eurídice sobre una buena roca en donde él también acomodó su instrumento musical, apoyándolo con su cuerpo.
Luego, empezó a rasguear las cuerdas de la lira para darle vida y magia al instrumento creado por el dios Hermes.
La bella ninfa jamás imaginó que un simple mortal lograría conmoverla con una dulce y atrapante melodía que despertó el interés de la mujer por aquel hombre que parecía acariciar el instrumento musical con su alma.
La sublime voz del baladista que interpretó una romántica canción hechizó los oídos de Eurídice y también la célibe piel de la ninfa que ante la enorme sensibilidad del canto de Orfeo, ella sintió que su corazón latió como nunca antes lo haya hecho por alguien.
Desde ese momento la ninfa y el mortal músico empezaron a verse más seguido en aquel lugar del bosque mientras un recíproco y sincero amor fue creciendo entre ellos dos.
No pasó mucho tiempo hasta que cierto día por la tarde, mientras el brillo del sol se extraviaba a través del horizonte, Eurídice y Orfeo confesaron mutuamente lo que ya no se podía ocultar más.
De esa forma nació el mítico romance entre la hermosísima ninfa y el legendario artista que decidieron unir sus vidas al contraer matrimonio. Fue tanta la felicidad que Eurídice y Orfeo no pudieron contener las ganas de bailar y cantar por muchos días en aquel bosque que los unió.
No obstante, los dioses tenían preparado un trágico y cruel final para este par de enamorados.
En cierto día, mientras Eurídice recogía bellas flores en el bosque y Orfeo se encontraba ocupado lejos de ahí, atendiendo asuntos personales, desde la tierra una criatura serpenteaba hacia la doncella al sentir invadido su territorio. La ninfa incapaz de advertir peligro alguno, nunca imaginó que la flor que arrancó del suelo sería su último acto en este mundo. La sigilosa serpiente atacó a traición a la mujer, mordiendo su talón derecho e inyactando así su letal veneno. Eurídice al sentir la terrible mordida, perdió rápidamente el conocimiento y cayó sin aliento al suelo.
Luego de cumplir con sus deberes, Orfeo fue en búsqueda de Eurídice, pero por más que la llamó en el bosque, ésta no apareció. Un mal presentimiento empezó a perturbar su pecho. La desesperación en él aumentó a medida que transcurrió el tiempo y su amada esposa no se dejaba ver por ahí.
Cuando al fin el músico descubrió el cuerpo inerte de su amada, tirado sobre el frío suelo del bosque, lloró destrozado la tragedia. Lamentó no haber estado ahí para su esposa.
En medio de su desolación, Orfeo pensó que la única manera de recuperar a Eurídice era adentrándose hasta las entrañas del propio inframundo, para rogarle al rey de los muertos que le devuelva el brillo de la mujer que más ha amado en este mundo, tan cruel e injusto.
Fue así que Orfeo averiguó entre hombres sabios y seres divinos cómo llegar hasta el Hades, a pesar que éstos advirtieron de los terribles peligros que lo esperarían y de lo absurdo de su idea de tratar de convencer al señor de los muertos, ya que hasta el momento no existía hombre u héroe conocido que haya visitado el país de la muerte y haya regresado para contarlo.
Bienvenidas las advertencias y consejos, Orfeo partió de inmediato hacia el lugar en donde los rayos del sol jamás llegarán.
Orfeo y su viaje hacia el Hades
Impulsado por su fuerte e irreal anhelo, el baladista se embarcó en una larga y agotadora travesía que lo alejó de su tierra natal y lo acercó hasta aquel pasadizo secreto que se encuentra ubicado en el interior de la cueva del Ténaro, situado en un sector montañoso e inaccesible de la península de Maní, al sur del Peloponeso, que es la antesala al reino del dios Hades, amo de todas las ánimas que están destinadas a caer por ahí.
Orfeo debía esperar que la marea disminuyera para poder vislumbrar el camino hacia la cueva del Ténaro, que según sus consejeros, lo reconocería tras ver a las criaturas marinas y ninfas merodear por el lugar que es bastante peligroso, a raíz de que él podría caer de manera fatal por causa de las resbaladizas rocas o por ser embestido por la fuerza de las olas.
Uno de los consejeros le recomendó conseguir el favor de Poseidón para que éste le permitiera tranquilizar a las bravas olas y retirar por el tiempo necesario la alta marea.
El baladista de quien se dice es hijo de Apolo, conocido por ser un dios amante de la música y que por casualidad también posee el don de usar maravillosamente la lira, le recitó al dios del mar una canción con la intención que éste le abriera el camino, a través de las furiosas aguas.
El músico fue afortunado porque el señor de todos los océanos sí escuchó su magnífico recital y concedió el favor al mortal. De esa manera el baladista observó a diversas criaturas marinas y ninfas regocijándose al frente de una cueva que sin duda alguna se trataba de Ténaro.
El corazón del mortal se agitó cuando se puso al frente de la boca de la cueva, pero jamás dudo con entrar. Con cada paso que dio en aquel estrecho y oscuro sendero, se alejaba más el sonido del mar estallando en contra de las rocas, como los tenues rayos del sol dejaron de iluminar su ansioso andar, puesto que sólo lo abrigó el completo silencio y la oscuridad total por el cual vagó, perdiendo la noción del tiempo e ignorando si aún se encontraba en el mundo de los humanos o si ya estaba ad portas de ingresar al reino de los muertos.
Todas sus dudas desaparecieron cuando al final de la oscuridad observó que su camino se abría ante un enorme mundo subterráneo, ya no tan oscuro como la cueva, ya que el lugar era iluminado por una especie de fuego azul y por el pálido brillo de caminantes errantes, cuyas tristes miradas conmovieron a Orfeo por pensar que éstos seres aún no encontraban la paz ni el descanso eterno. Sin embargo, él no poseía tiempo para compadecerse por ellos.
El músico continuó su marcha con mucha precaución y atento al gran peligro que le advirtieron antes de partir del mundo de los hombres, ya que no tardó en encontrar a la terrible criatura llamada Cancerbero, hijo de otra abominación como lo es Tifón.
Orfeo observó al terrorífico monstruo que poseía tres cabezas, cada una con forma de perros y todas muy agresivas, cuyos ladridos resonaban en cada rincón del sombrío lugar, una cola que se agitaba vehemente y cuya punta poseía poseía una figura de serpiente.
Sobre la terrible bestia, Orfeo fue advertido que tenía la importante misión de custodiar aquel acceso al inframundo. Además, no debía permitir que los muertos escapen del Hades ni que los vivos ingresen. Sin importar quienes sean, Cancerbero los devora a todos de una manera muy violenta. Su enorme agilidad, a pesar del gran tamaño del engendro, que se desplaza de un punto a otro con enorme facilidad, lo convierte en un ser completamente peligroso de eludir.
Orfeo intenta, por medio de un paso muy sigiloso, no llamar la atención de Cancerbero que al detectar a ciertos difuntos intentar salir del inframundo, corre con dirección hacia ellos para castigarlos.
El policéfalo ser devoró todas las almas insurgentes y eso permitió al baladista una pequeña oportunidad de avanzar mucho más rápido, entre medio del dificultoso camino de rocas, sin embargo, algo se desprendió entre las ropas de Orfeo, objeto que tras caer generó un ruido delator y el monstruoso can se percató de esa manera de la intrusión de un hombre en aquel mundo subterráneo.
Cancerbero estalló en ira y corrió hacia donde le indicó su poderoso olfato para acabar con el mortal que viajó desde la tierra de los vivos para intentar recuperar el alma de su amada esposa.
Los ladridos feroces del implacable guardían alarmaron a Orfeo que notó, en medio de la tensión del momento, una escalera de rocas que daba hacia una estrecha entrada que el monstruoso perro jamás podría acceder, pero para llegar hasta allá debía esquivar a su letal perseguidor.
Sin armas con qué defenderse y con tan sólo una ciega fe, pero con un enorme talento musical que en su mundo incluso ha cautivado a las bestias más agresivas, el baladista tocó su lira para calmar la irracional violencia de la mascota del rey de los muertos.
Cancerbero que jamás había escuchado un sonido igual a lo que Orfeo interpretaba, ya que el abominable can sólo estaba acostumbrado a oír los indescriptibles gemidos de los seres que devoraba, reaccionó a la magnífica melodía con total sumisión, dejando que el efecto encantador de la lira fluyera a través de sus oídos y su erizada piel halló la paz cuando éste se durmió a los pies del músico que siguió tocando su instrumento para aliviar el corazón de la enorme criatura tan negra como la noche misma.
Por primera vez en muchos siglos Cancerbero se entregó al sueño y de esa manera Orfeo logró esquivarlo para avanzar hasta aquella escalera de rocas que por fortuna lo alejó del policéfalo monstruo.
Los escalones condujeron al baladista por un estrecho pasaje casi tan largo y oscuro como la misma cueva que conecta el Hades con el mundo terrenal. Sin embargo, cuando Orfeo llegó hasta el final del camino, contempló otro paisaje, muy diferente al que ya dejó atrás.
Tras descender con cuidado, por medio de la rocosa y pronunciada pendiente del exterior de la cueva, finalmente llegó a la orilla de la laguna Estigia.
A pesar de lo lúgubre del sitio, Orfeo consideró al inframundo como un lugar extraordinario, ya que aún no podía creer que estaba prácticamente debajo del mar y en él se encuentra un mundo tal vez igual o mucho más grande que el suyo.
A partir de este punto, él sabía muy bien que debía esperar la llegada de otro guardían del rey de los muertos que le permitiría acercarse hasta su objetivo.
Mientras espera la llegada de un desconocido ser, Orfeo observó el lapizlázuli del agua pútrida del inframundo, que se dice es una décima parte de las aguas del río Océano, que llenan a todo el mundo.
La paciencia de Orfeo encontró recompensa, cuando el baladista vislumbró a una ser navegar, sin prisa alguna, por la laguna Estigia, pero no hacia donde se encontraba el mortal sino hacia otro destino. Sin embargo, cambió de rumbo al oír el llamado de quien hizo dormir a Cancerbero.
Ante Orfeo atracó un pequeño barco siendo navegado por un misterioso ser que lucía como un anciano y que transmitía una sombría esencia, a través de su dura mirada y por las ropas tan oscuras que usaba. El mortal le preguntó al extraño hombre cómo se llamaba y además hacia qué dirección se dirigía.
—Me llamo Carón y tengo la obligación fundamental, que me asignó mi señor, rey de este mundo, de transportar por toda la eternidad a todas las almas de los difuntos hacia el otro extremo de la laguna.
Después de responder Carón fue el turno de Orfeo en presentarse y explicar el motivo de su presencia en la orilla de la laguna Estigia.
Cuando el baladista terminó la presentación, le rogó al barquero que lo transportara hacia el otro extremo para poder ir hasta el donde se encuentra Hades.
Carón dijo que sólo transporta almas y que además, éstos tienen el deber de pagar con una moneda su viaje. Fue entonces que Orfeo se percató que extravió la única moneda que recibió de un consejero y que iba a usar como pago. De seguro lo que generó el ruido que alertó a Cancerbero fue la moneda que perdió, pensó el baladista.
Ante tal imprevisto, dado que Orfeo ya no poseía ninguna moneda para pagar por el servicio de Carón, el astuto músico le propuso al transportador de almas que a cambio de una canción, él debía conducirlo, a través de estas aguas muertas, hacia su destino. Carón aceptó y con eso acordaron un trato.
Fue así que Orfeo cantó un hermosa, pero triste historia que conmovió incluso la indolente y fría alma de Carón que sin dejar de sostener su remo, su duro rostro expresó un sinfín de sentimientos que había creído que jamás experimentaría en el país de los muertos.
El barquero honró el acuerdo y permitió viajar al músico en su barco hasta el otro extremo de la laguna Estigia, mientras aún seguía sintiéndose conmovido por la canción del baladista. Además, le regaló un consejo al mortal para que no se perdiera en su camino final por el inframundo.
Orfeo y su audiencia ante el dios de los muertos
Una vez que Orfeo se despidió de Carón, y éste retomó su eterna obligación, el mortal presenció a un sinfín de pobres ánimas condenadas a vagar con dolor por distintos rincones del desolador y gris paisaje del inframundo.
Haciendo caso a las palabras de su transportador, Orfeo siguió fiel el camino indicado e ignoró el sufrimiento de esos seres que lo pudieron haber arrastrado hasta condenarlo a él también. Finalmente, el baladista llegó hasta los pies del trono del rey de los muertos.
El dios Hades, hijo de los titanes Crono y Rea, y hermano de Zeus, es respetado por gobernar de manera seria, justa y hacer valer las normas del inframundo tanto para los muertos como para los vivos. A pesar que luce como un senil hombre, con un aspecto bastante sombrío y ser muy reservado e incluso ser muy distante entre sus propios hermanos divinos, Orfeo tiene en cuenta la gran sabiduría del señor de los muertos y que ante él debe ser humilde y sincero. El rey del inframundo al observarlo, exigió conocer el motivo de su llegada hasta sus dominios sin siquiera haber sido invitado.
Con un acto de veneración ante la importante deidad, Orfeo explicó con detalle, mientras intentaba apaciguar su terrible dolor, el motivo por el cual fue impulsado a emprender este desesperado viaje e incluso considerado como una locura por grandes sabios. Ya dicho todo, el músico le suplicó al dios Hades que le devolviera el alma de su amada esposa. Sin embargo, el rey de los muertos no aceptó concederle el favor al mortal.
Hades, tan justo y serio, explicó al pobre de Orfeo los motivos por los cuales un ser que ya perdió la vida no puede regresar a sentir el calor del sol, la refrescante brisa de la tarde y el anhelo de la llegada del siguiente día . Sin embargo, volvió arrodillarse ante la imponente deidad a quien le volvió a suplicar por Eurídice.
Incluso hasta el mismísimo y sombrío trono del rey de los muertos habían llegado los rumores de la enorme fama que poseía Orfeo gracias a su maravilloso don artístico. Hades, sabio y prudente, comprendiendo que aquel hombre intentaría de todo con tal de volver a reunirse con su amada esposa, le propuso que si cantaba para él ahora, consideraría cambiar de opinión. Además, también poseía deseos de escuchar a la persona que fue capaz de hacer dormir a su terrible monstruo y conmover a su tan leal e impermeable transpotador.
—¡Gracias, mi señor!—dijo esperanzado Orfeo que jamás había tomado su lira con tanto temblor en sus manos y nervioso ante tan complicado escenario. Sólo contaba con una oportunidad y no podía fallar.
Orfeo, bajo la inquisitiva mirada del rey del inframundo, empezó a rasguear las cuerdas de su lira para encontrar en ellas la canción más adecuada en su mente y así recitársela al dios Hades. Sin embargo, dejándose llevar por el ritmo y el sonido que creó su instrumento, empezó a improvisar con su voz, letras que inmolaron su fugaz, pero intenso amor con Eurídice que ni la propia muerte sería capaz de matar y por todo lo que tuvo que pasar para obtener una audiencia ante el rey de todos los muertos, con el fin de lograr recuperar el alma de su hermosa doncella, ya sea por un mísero día o por toda la eternidad.
El dios Hades, mientras oía con atención al baladista, sin sentirse aún conmovido, observó como las almas en pena que vagan en su reino empezaron a reaccionar por la entonación del canto de Orfeo y por el maravilloso instrumento que por un instante les permitió a cada uno sentirse con vida otra vez.
Todas las ánimas alcanzadas agradecieron al músico por embellecer el inframundo, mientras la efímera sensación de resurección hacia efecto en sus espíritus.
Cuando Orfeo terminó de cantar, no sólo las almas que se elevaron como aves libres en el cielo se sintieron dichosas, sino también Hades no pudo negar el maravilloso don del mortal, mientras las ánimas descendían extasiadas, perdiendo el brillo que los hizo sentirse vivos y que ahora retomarán su eterno vaivén en el reino de los muertos.
Hades guardó silencio al igual que Orfeo tras la canción. No obstante, el rey del país de los muertos tenía el deber de dar un veredicto final y así determinar el futuro de su mortal visitante.
Ante tal magnífico recital en el otro mundo, que será recordado con el pasar de los siglos, el dios concedió el deseo al baladista. Orfeo agradeció la generosidad de la deidad y le prometió que cuando sea el momento de abandonar el mundo terrenal, con mucho gusto ofrecerá sus eternos servicios para deleitarlo con su música cuando su alteza lo requiera.
De esa manera el músico, tras volver arrodillarse ante el dios del inframundo, como símbolo de respeto y agradecimiento sincero, se despidió de Hades y comenzó su retorno a casa con la esperanza que tras volver al hogar, Eurídice se encuentre esperándolo a él, con su hermosa sonrisa.
En ese momento, Hades pensó que si condicionaba el regreso de Orfeo a su mundo, imponiendo una única y regla fundamental, la cual consistiría en que si él voltea la mirada, antes de salir del inframundo, el alma de Eurídice quedaría atrapada para siempre entre los muertos. Eso sería un castigo bastante injusto, ya que estaba seguro que Orfeo cometería el error de mirar hacia atrás.
En vez de condicionar el retorno del baladista a su hogar, el rey de los muertos le indicó el camino más rápido y seguro para regresar a su mundo y le aseguró a Orfeo que su amada esposa ya se encuentra disfrutando del calor del sol y de los silbidos de los pájaros, anhelando reecontrarse con su esposo. El baladista que no pudo ocultar sus lágrimas de dicha, volvió agradecer a Hades por su gran generosidad.
Tras un largo viaje de retorno, Orfeo y Eurídice volvieron a encontrarse. La enamorada pareja se fundió en un largo y muy intenso abrazo. Ambos lloraron por todo lo sufrido y prometieron que jamás volverían a separarse, ya sea en este o en el otro mundo.
FIN
AUTOR. Elsemáforo.cl.
Viernes, 15 de Agosto de 2025.
