Después de haber tomado bastante y abusado de las drogas, tres amigos se aburrieron de estar en el interior de un departamento y decidieron ir hasta la orilla de un roquerío para cambiar de ambiente y así seguir carreteando.
Era una noche muy oscura para esos tres despreocupados y fiesteros sujetos que se divirtieron arrojando latas a medio consumir al mar y reventando botellas de vidrios en contra de las rocas.
De tanto beber uno de los carreteros necesitó orinar con urgencia, así que los otros dos amigos le exigieron que lo hiciera lejos de ellos porque temieron que con la fuerza del viento el desgradable pis cambiaría de trayectoria y los alcanzaría a todos por igual.
Fue así que el necesitado sujeto partió a buscar un apropiado lugar para descargar, mientras su ebrio cuerpo se tambaleó de izquierda a derecha y viceversa, adentrándose a un oscuro y resbaladizo camino que él subestimó ante la imperante necesidad de liberar la alcohólica carga.
De pronto, desde algún recoveco de la penumbra, el ebrio sujeto escuchó una encantadora canción que no sólo rompió con el estruenduoso silbido del viento costero o con sus ganas de orinar, sino también quebró sus deseos de seguir acompañando a sus amigos porque deseó descubrir el origen de ese maravilloso canto.
La bella melodía se intensificó con cada paso que brindó y él siguió el rastro del melódico sonido que ni el fuerte viento pudo silenciar. Y fue así que, tras dejar atrás unas peligrosas rocas, observó una oscura silueta de mujer que cantaba mirando hacia la brava mar.
La lujuria invadió a ese alejado hombre que percibió que su corazón escaparía en cualquier momento desde su pecho al descubrir a una joven y hermosa mujer sentada sobre las frías, espectras y húmedas rocas, que oponen una feroz resistencia a las embestidas de la siempre traicionera mar.
¡Cuánta belleza! Pensó el sujeto. La hermosura de la desconocida despertó en él sus más bajos instintos. Quiso poseerla a la fuerza y ahí mismo, amparado a la absurda idea que nadie los interrumpiría, que nadie escucharía a la mujer gritar por ayuda, tal vez.
El ebrio sujeto producto de la semi desnudez de la misteriosa chica que exhibía un par de firmes, redondos y curvilíneos pechos, adornados en el centro de éstos por un par de elevadas areolas que destacaba por la oscuridad que desprendían a contraparte de la blancura de su tez, sintió como creció en él un voraz deseo sexual por conquistarla.
Los pezones de la extraña muchacha no se quedaban atrás por su natural encanto y aumentó el libido del hombre que ya anheló abalanzarse sobre ella para desahogar todas sus descontroladas sensaciones en medio de la helada costa otoñal.
Ella, de lisa cabellera tan larga como un épico poema y del color de la fría noche, ocultó su rostro al desesperado hombre que siguió su sonámbulo tránsito, sin parar de escuchar el maravilloso canto que lo acercó más y más a un inesperado y trágico desenlace.
El drogado, ebrio e hipnotizado sujeto caminó sobre el oscuro y resbaladizo roquerío sin advertir, bajo ninguna sospecha posible, que la brava mar no tan sólo pretendió embestir a las rocas.
Entonces, cuando él creyó que al fin se había acercado lo suficiente para tomar por la fuerza a la mujer que tanto lo excitó, repentinamente ella reveló su espeluznante y retorcido rostro, casi demoníaco, para nada humano, de afilada y asquerosa dentadura, ojos tan muertos que carecían de iris y consumidos por una completa negrura, sin embargo, lo que más impactó al desconcertado hombre fue cuando observó la extremidad inferior de su cuerpo, en vez de poseer piernas como él, ella agitó una especia de cola de pescado, cubierta por diversas escamas pigmentadas de azul, gris y otros colores que culminaban en unas aletas muy pronunciadas, muy terroríficas.
De una excitación tan febril a un gélido espanto en tan sólo algunos segundos, el borracho sujeto preso por el miedo dio un paso en falso, entre las húmedas y resbaladizas rocas, provocando así una mortal caída que le partió la cabeza. A su vez, el furioso mar no perdonó lo ocurrido hace un rato y agitó su imponente esencia para golpear al moribundo hombre hasta que su vida se extinguió por toda la sangre que perdió, mientras luchó para dejar de seguir tragando agua salada.
Después, el océano se encargó de arrastrar el cadáver por medio de su incesante corriente. Lo alejó de las rocas en donde su sangre se extravió por culpa del agua salada que borró cualquier indicio de su desgracia.
La cruel sirena rio macabra y saboreó el próximo banquete que se adentró poco a poco a mar abierto, a la espera de ser devorado por esta malvada criatura.
El extraño rugido del océano alertó al par de sujetos que bebían muy entretenidamente, pero que ante la eminente tardanza de su amigo de fiestas, que necesitaba orinar, decidieron salir en su búsqueda. La sirena al percatarse de los otros dos sujetos saboreó el maravilloso festín que le aguardaría esta noche.
FIN.
-Cuento #10-
¡Abrazo literario!
Sergio Muñoz es periodista y escritor. Publicó en 2022 “Entre el Cenit y el Abismo. Y otras ficciones”. Puedes seguirlo a través de su cuenta de Instagram y Facebook.
Lunes, 29 de Octubre de 2023
