Un evangélico: “los perros no van al cielo”.

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Era un sábado como cualquier otro a las afuera de la estación del metro en Villa Alemana, en donde me encontraba junto a mi voluntariado pidiendo alguna que otra moneda para ayudar a nuestros amados peluditos, hasta que llegó un evangélico.

Para hablar conmigo, recuerdo más o menos que me puso el caso de un gato que necesitaba ayuda y no sabía a quién acudir, así que le indiqué más o menos lo que podía hacer.

A todo esto ¿cómo supe que era evangélico? Pues pregunté.

Este sujeto no andaba solo, parecía  ser acompañado por su familia quien debe apoyar lo que hace y reconozco que me dio lata escuchar su discurso armado, pero lo más interesante que traía era un folleto sobre diez razones del porque debemos amar a Dios.

En fin, creo que la conversación iba más o menos, ya que él mantenía la línea en tratar de sumar nuevas ovejas a su rebaño en nombre de su credo y yo ya me fastidiaba.

¿Por qué? Pues aunque deseaba que se fuera, que dejara de molestar y puesto que entorpecía mi labor, mucho no podía hacer porque después nos considerarían intolerantes y hablarían mal de nuestra agrupación.

Sin embargo, llegó a un punto en que desee mandarlo a la cresta, cuando dijo con seguridad, falta de criterio y hasta provocador:-“Los perros no van al cielo, porque no poseen alma y eso lo inventó Disney”-.

¿Y qué pasa con los violadores, delincuentes, estafadores, políticos corruptos o malos evangélicos? ¿Ellos si van al cielo si se arrepienten, sólo por poseer una supuesta alma? Pensé.

Después de ese comentario preferí ignorar al religioso, al final me hacía perder el tiempo y no me dejaba llevar a  cabo mi función.

Así que tuvo la brillante ocurrencia en depositar un par de monedas a mi alcancía y con eso se sintió con todo el derecho de seguir con el monólogo, como si por eso le debiera respeto  y atención.

Cuando les conté a las chiquillas de mi voluntariado sobre la frasecita del evangélico su reacción fue como la que imaginaba que sería, ni más ni menos, palabreo seguro.

Ese día, de todas maneras, reflexioné sobre la idea de que todos los perritos vayan al cielo, como gatos, aves, cerdos, en general los animales.

Porque nuestra especie ha condenado a cientos de millones de animales a un sufrimiento espantoso en esta vida y pareciera que eso está bien y se justifica para mantener nuestra sobrevivencia.

Para muchos animales, que son separados de sus madres, son cruelmente asesinados, usados para viles propósitos, considerados como una mercancía, un objeto o una propiedad esta vida es el infierno.

¿Cómo puede brillar  un alma atormentada por la presencia constante del castigo o de la muerte?

Para este evangélico su idea de alma es tan precaria, antropocéntrica y falto de empatía con seres que en muchas ocasiones han demostrado ser mejores que muchos de nuestra propia especie.

Hoy, vivimos en una situación en que cuestionamos todos, el pasado que nos afecta en el presente y el presente que no deseamos perpetuar en el futuro.

Y en estos momentos luchamos no sólo para hacer cambiar la mentalidad de un solo evangélico, sino para hacer entender que los animales también tienen derecho a vivir tranquilos y felices.

No importa en verdad si consideran que tengan alma o no, lo importante es que entiendan que si piensan, si sienten, si sufren, no olvidan, confían, temen y padecen muchas más emociones al igual que muchos humanos que pasan por esta vida sin pena ni gloria.

Aunque igual me gusta imaginar que todos los perritos van al cielo, total ya estoy dañado psicológicamente con ese pensamiento, difícilmente cambiaré y espero algún día, si soy merecedor de ir al cielo, estén acompañándome mis amados peluditos.

Sábado, 22 de Diciembre de 2018

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