Sobre el gastado y mugriento piso acolchado de un cuadrilátero de cuarta categoría, comenzó la tan esperada pelea estelar de la noche. Frente a frente, dos experimentados boxeadores de peso pluma se observaron en silencio, buscando en la mirada del otro un atisbo de hostilidad que justificara la violencia que estaban a punto de desatar, hasta que solo uno permaneciera en pie.
Ante más de una decena de espectadores, muchos de ellos vecinos del lugar, alzaron sus vasos que desparramaron cerveza apenas sonó la campana. Al fin, los dos contendientes medirían su fuerza. Sin embargo, para disgusto del público, el combate no comenzó como prometía: mucho estudio entre ambos púgiles, un ritmo desprolijo y un incesante intercambio de jabs, uppercuts y algunos ganchos que no encontraban destino.
El combate que durante un tiempo se había promocionado como el evento del año terminó convertido en una auténtica estafa. Por esa razón, el público insatisfecho por la nula acción al terminar el segundo round estalló indignado. Arrojaron toda clase de objetos hacia el ring, insultaron a los dos peleadores y armaron un gran alboroto desde sus asientos.
No obstante, había un único espectador completamente emocionado por presenciar la pelea que todos criticaban. Se trataba del hijo de uno de los boxeadores. Con el orgullo reflejado en su rostro, seguía atentamente cada movimiento de su padre, a quien apodaban “El Parrita”. El muchacho contenía el aliento cada vez que el rival intentaba conectar un poderoso golpe y alentaba a su progenitor para que noqueara a su oponente.
Ya en el cuarto asalto, todo cambió. El Parrita derribó a su contendiente, gracias a su poderoso gancho de izquierda. Los espectadores, por primera vez en la noche, estallaron entusiasmados y comenzaron a contar. El más emocionado fue el pequeño, quien, con toda la ingenua desesperación de un hijo, acompañó la cuenta hasta diez. Su ansiedad, sin embargo, se transformó en una alegría incontenible cuando el árbitro declaró el nocaut tras tomar el brazo de su padre y alzarlo hacia el cielo, señal de victoria.
El combate había sido arreglado semanas atrás. Pero, cuando El Parrita se enteró, un día antes de la pelea, de que su hijo asistiría a verlo por primera vez, le rogó a su colega boxeador que le permitiera quedarse con la victoria ante los ojos del pequeño. Su rival aceptó sin objeciones, aunque impuso una única condición: que le transfiriera un incentivo a su cuenta bancaria.
-A la memoria de mi padre, “El Parrita”, que hoy cumpliría 70 años de edad-
FIN.
-Cuento #30-
¡Abrazo literario al Cielo!
Sergio Muñoz es periodista y escritor. Publicó en 2022 “Entre el Cenit y el Abismo. Y otras ficciones”. Puedes seguirlo a través de su cuenta de Instagram y Facebook.
Viernes, 31 de Julio de 2026
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