
Miré el reloj de pared de mi amigo. Es jodidamente temprano. Siento ansiedad y deseos de hacer algo divertido y más emocionante que seguir compitiendo en contra de los asiáticos, tras nuestras pantallas, en aquellas partidas virtuales.
Volví a mirar al condenado reloj. Creo que el minutero no se moverá jamás de su lugar. Ya no puedo resistir más. Me voy. Así que me despedí de mi amigo antes de estallar por el abrumador aburrimiento, pero noté que él se mensajeaba con alguien.
—¡Espera, hueón!—el solo aviso del Mateo refrescó todo mi ser y cambió todo nuestro somnífero escenario pasada las once de la noche.
—¿Tení diez lucas a mano, ahora?
—Sí.
—¡Buena! ¡Entonces, vamos!
No hubo mucho tiempo para prepararnos. Salimos con lo puesto. El tiempo voló desde que el Mateo me contó de qué trataba todo. Al salir de la casa de mi amigo, la brisa nocturna arrastró toda mi amargura, ansiedad y mi hastío. Sentí que salí de una maldita prisión y que ahora disfrutaría del libertinaje en estado puro.
Mientras caminábamos, a través de las oscuras y recóvecas calles de Ovalle, el Mateo y yo seguíamos sin creer cómo el Agustín se sacó este carrete antes que me fuera a encerrar a la casa de la pareja de mi vieja, con quien chocamos de vez en cuando por nuestras distintas maneras de pensar.
Algo habíamos escuchado sobre nuestro próximo destino: “La casa del Damián”. Ese sitio es un secreto a voces en nuestra ciudad. Un punto de entretenimiento popular e ilegal. Un lugar que muchos han renegado de haber estado y otros orgullosos de haberlo disfrutado. Por supuesto, supe de algunas historias que destruyeron a sus protagonistas como otras que engrandecieron a sujetos que nunca imaginaron convertirse en verdaderas leyendas urbanas.
El Mateo descubrió que la casa del Damián también funcionaba como estadio en Pokémon Go justo en el instante que nuestro viaje a pie llegó a su fin. Y ahí nos estuvo esperando el Agustín con amigos nuestros que sostenían entre sus manos distintas clases de botellas alcohólicas. Luego de saludarnos, entramos no más. A lo que íbamos y por lo que pagamos.
Quién hubiera imaginado que la casa del Damián por fuera luciría como un hogar normal, pero por dentro la realidad era bastante diferente. Letreros led de neón, luces con efectos de discoteca, un supuesto DJ que poseía un impecable equipo musical, un mar de gente que transitaba de aquí para allá, tipos que se las daban de “barman” en un improvisado bar, aunque lo más curioso para mí fue notar la ausencia de cuadros fotográficos de la familia dueña de esta enorme casa.
Y de pronto, entre la multitud, apareció un tipo tan joven como yo, de cabello oscuro, muy desordenado, de complexión delgada y de una sonrisa muy particular. Por alguna razón, sentí que él se percató que era nuestra primera vez aquí y fue muy buena onda con todos nosotros. Él nos explicó, de manera resumida, las pocas reglas que poseían. Aunque, para ser honesto, no presté atención a sus palabras por estar mirando hacia a mi alrededor. Aquel lugar superó todas mis expectativas como la de mis amigos. Todo nos pareció tan absurdo e increíblemente fascinante.
No tardé en reconocer algunos rostros de viejos conocidos, sobre todo de compañeros de clases que se encontraban completamente enajenados de nuestro plano terrenal por el excesivo consumo de alcohol y tal vez de otras sustancias, ílicitas.
Nuestro grupo se dispersó a los pocos minutos de haber ingresado a este ambiente tan intoxicante y desenfrenado. Cada uno fue arrastrado por su propio impulso de lujuria e inconfesables anhelos depósitados en este lugar.
A Mateo y Agustín los extravié tan pronto dejé de observar a una compañera de clases siendo acariciada, a la vista de todos, por un señor que perfectamente podría ser su padre. Sé que ella me vio, pero al parecer le dio igual. No somos amigos, de todas maneras.
De la nada y desde un rincón del living de la casa del Damián apareció un desconocido sujeto ante mí. Él me regaló un trago para darme la bienvenida. Sentí una extraña mirada suya, a pesar de su amabilidad y cortesía, creí que buscaba algo más conmigo que una simple conversación. Me alejé del extraño tan pronto se presentó una oportunidad y me adentré entre los pasillos y las habitaciones de la enorme casa que mantuvo en alerta mis cinco sentidos de principio a fin.
Tras sortear un extenso corredor que hasta cierto punto aparecía, en su flanco derecho, unos escalones alfombrados que servían para conectar con el segundo piso del lugar, fue ahí, a mitad de los peldaños y con muy escasa luminosidad, que descubrí a mi amigo Mateo besando a un chico que jamás había visto en mi puta vida. Casi me desmayé de la impresión. Nunca imaginé verlo a él haciendo esa clase de cosas. ¿Acaso este lugar influyó en él o siempre Mateo sintió cierta atracción por los hombres? Si no fuera por esta coincidencia, jamás hubiera descubierto aquel e íntimo secreto de Mateo.
Sin que ellos se dieran cuenta de mi presencia, me esfumé entre las sombras y avancé para seguir descubriendo secretos y me enteré que los anfitriones del carrete mantienen ciertos lugares restringidos para sus visitantes, aunque si éstos desean usar esos espacios cerrados deben llegar a un acuerdo con los que organizan la fiesta.
Entonces, me percaté que anduve paseando el trago que me regaló ese extraño sujeto. Así que le di el primer sorbo y me encantó su sabor delicioso y refrescante. Luego de beberlo todo, quise otro. Me dirigí hasta el bar y logré que me dieran otro. Y, luego otro. Por beber tanto, en poco tiempo, se me apagó la tele y cuando me enchufé, me encontré participando en un extraño juego ante desconocidos participantes. Noté que el encargado del juego, como quienes nos miraban, se divertía al hacer vomitar a sus jugadores tras cada partida. El juego consistía en que debíamos beber en cada turno. De acuerdo a las reglas del juego la cantidad de alcohol variaba, según la opción que escogíamos. Creo que vomité entre la tercera o cuarta ronda del desafío. A pesar que escuché muchas risas, no me importó. Perdí. Salí del juego y vi como los otros seguían bebiendo de manera descontrolada.
Seguí deambulando tras reponerme un poco de la vomitada. Fue así que me topé, en un pasillo del primer piso, con un amigo del Agustín que me comentó a carcajadas que vio a la “Bea” entrar a un privado lugar con un hombre evidentemente mayor. Así que para eso eran esas restringidas habitaciones del segundo piso, pensé. Y para rematar el cahuín dijo que ese viejo, mientras subían por la escalera, le manoseó las nalgas a la polola de nuestro amigo Rubén, que en estos momentos se encuentra lejos de Ovalle.
Después de eso, empecé a retener bien poco lo que fuí viviendo en la casa del Damián por haberme emborrachado tan pronto. Recuerdo que salí a tomar aire a la piscina. Comí un trozo de pizza que alguien, y a quien no recodaré jamás, me compartió. Volví a beber algo que me hizo vomitar otra vez. Discutí con ñoños sobre cómo se rompió cierto juego de cartas coleccionables. Vi como algunos sujetos se grababan realizando desafíos estúpidos para viralizarlos en Tiktok. Conversé sobre mal de amores con algunas chicas que al parecer estaban tan ebrias como yo. Y, por último, creo que llamé a mi ex polola para aconsejarle que dejara de maraquear con mis amigos que me contaban cómo se andaba pelando con ellos.
Pero, de lo que estoy seguro, aunque no recuerdo bien la hora y en dónde me encontraba es que noté a la Bea aturdida y muy chascona. Ella intentó apoyarse en las paredes de la casa. Parecía una prostituta barata, con su atuendo todo desaliñado, los tirantes de su peto negro corridos mucho más abajo de sus hombros, su mini falda negra evidentemente mal puesta. No parecía ser acompañada por nadie ya. Ese señor tal vez después de aprovecharse de ella se fue no más. Sin embargo, vi como dos sujetos después la rodearon y se la llevaron a otro lugar. Quisé hacer algo. De pronto, surgió en mí un sentimiento de protegerla o, para ser más honesto, excitación por descubrir que le sucedería a ella después.
No obstante, todo cambió de golpe. Todo fue caos y griterío. Muchos escaparon de la casa y otros prefirieron esconderse. Se escuchaba a lo lejos las sirenas. Eran los pacos. Maldición. No me encontraba en un buen estado para huir y salir airoso. Mi única opción era esconderme. Fue así que intenté encontrar un buen escondite, mientras la aparatosa sirena se hacia más insoportable y cercana. Tropecé con sillas, sofás, mesas y no sé qué cosas más en mi torpe huída. Finalmente, hallé un sitio y fue cuando vi a la Bea, de rodillas sobre el suelo, con la mirada perdida, mientras un desconocido tipo se subió el cierre de su pantalón sin dejar de observarme. Yo no sería capaz de reconocerlo de cualquier manera. La expresión sin vida de mi compañera de clases, mientras de sus labios usados fluyó una viscoza mancha que tal vez la condenaría para siempre, a partir de mañana.
No supe qué sucedió con los supuestos pacos, no recuerdo haber visto a mis amigos desde que nos dispersamos después de haber entrado juntos a la casa del Damián ni mucho menos recuerdo haberme escondido. Sólo sé que de un momento a otro cerré los ojos y desperté en la cama del Mateo, seguido de un intenso y agudo dolor de cabeza.
—¿Cómo llegué?—cuando miré al Mateo, que se encontraba observándome desde su silla gamer se murió de la risa porque tal vez se estaba reservando esa información para un mejor momento. Pero, antes que volviera a preguntar, sufrí una terrible necesidad de beber algo y me invadió un vóraz apetito. Le rogué al Mateo cualquier cosa que tuviera a mano. Sin embargo, dijo que fuí el que más durmió entre los dos. Casi eran las nueve de la noche. Me contó que regresamos más o menos a las seis de la mañana. Hace apenas una hora se fueron el Agustín y algunos amigos más.
—Ayer, te vi vomitar como seis veces—Ambos reímos.
—¡Y boh, hueón! Te vi besar a un negro feo—Mateo rio con fuerza, casi con vergüenza y tapándose la boca nerviosamente.
—Es que fue por culpa del copete.
Guardamos silencio. Ambos sabíamos que nuestra amistad a partir de ahora iba a cambiar un poco. Mateo me había advertido, mientras caminábamos a la casa del Damián, que ese lugar era una locura total. Y claro que fuimos testigos de cosas increblemente locas.
—Yo vi a la Bea(…)—Mateo me interrumpió. Recalcó que todo Ovalle ya se enteró de lo súper infiel que le fue al Rubén anoche. Ella eliminó todas sus redes sociales. Y al parecer el Rubén ya supo lo que sucedió. Esa relación ya estaba muerta.
—Cagó esa mina, pa siempre—dijo el Mateo mientras me entregaba un vaso con bebida bien helada y un pan con paté para comer.
—El próximo fin de semana regresamos.
—¡Vale!
—Pero, esta vez no te quiero ver destruido sobre el suelo, todo vomitado y meado—rio el Mateo cuando me confesó en qué estado me encontró y tras mostrarme las fotos que me tomaron los chicos del grupo y que después subieron en redes sociales.
Tomé mi teléfono celular y noté llamadas perdidas de mi mamá y de su pareja, de mi ex polola, de ciertos amigos y de números desconocidos. Ya me imaginé para que me estuvieron llamado. El Mateo me aseguró que le contestó a mi mamá que yo estaba bien aquí, durmiendo después de haber carreteado con él. Eso al menos la tranquilizó.
Después de haberme devorado el pancito que me preparó el Mateo y de haber bebido más de un litro de bebida me puse de pie. Me di cuenta que usaba la ropa de mi amigo porque la mía estaba completamente asquerosa. Y fue ahí que de pronto me surgió la siguiente duda: ¿quién era ese supuesto Damián.
—Ni idea—reímos—De hecho, yo ni pregunté quién era ese tal Damián, pero la siguiente vez que vayamos preguntemos, poh.
—Lo único seguro es que no veremos a la Bea por ahí–nos matamos de risa mientras Mateo y yo empezamos a contarnos cada cosa que experimentamos en la alocada y épica casa del Damián.
FIN.
-Cuento #26-
¡Abrazo literario!
Sergio Muñoz es periodista y escritor. Publicó en 2022 “Entre el Cenit y el Abismo. Y otras ficciones”. Puedes seguirlo a través de su cuenta de Instagram y Facebook.
Jueves, 28 de Diciembre de 2025


