El plan era sencillo: provocar un incendio que los bomberos controlarían con facilidad. Para eso se habían abastecido de acelerantes comunes en el comercio común.

“El Chelo” y su compinche, “El Negro”, habían sido contactados por un conocido que, a su vez, era el engranaje final de un sinfín de sujetos que se relacionaban con un importante conglomerado, el cual anhelaba ver, muy pronto, una vasta proporción de hectáreas siniestradas para adquirir esos suelos a muy bajo costo.

Por supuesto, aquel conglomerado no podía verse involucrado en el irreparable daño ambiental que, desde las sombras, planearon cada paso que sus peones deberían ejecutar a la perfección.

Sin embargo, un día antes de la ejecución del plan, al Negro le detonó una apendicitis y quedó hospitalizado de urgencia, sin poder avisarle a su secuaz, quien creyó que su compañero se había acobardado a última hora. Entonces, el Chelo decidió no informar aquello a quien los contrató, pensando que así se quedaría con el resto del botín.

Fue así como el Chelo cargó con toda la responsabilidad y condujo los acelerantes, que habían escondido estratégicamente con el Negro, hasta el punto señalado. Tras persignarse varias veces, prendió la chispa que desencadenaría el siniestro, con el anhelo de recibir el gran dineral que le habían prometido.

Él huyó tan pronto vio crecer el fuego. Mientras escapaba de las llamas que había generado, imaginaba todas las cosas que iba a comprarse y, sobre todo, aquello que le había prometido regalar a su querida abuela, quien cada vez que escuchaba a su nieto repetir esas palabras le regalaba una tierna sonrisa.

El Chelo corrió con todas sus fuerzas y trató de no ser visto por nadie. Sin embargo, no se dio cuenta de que su teléfono celular se cayó del bolsillo de su pantalón y, cuando se percató de ello, ya era demasiado tarde: las llamas avanzaban con increíble fuerza y rapidez, en un escenario muy distinto al que le habían planteado.

El pirómano temía por su vida. Ya no corría con la esperanza de un mañana más adinerado. Jamás imaginó que desencadenaría un terrible incendio forestal. Los bomberos se vieron superados. Las alertas en los teléfonos celulares se activaron. Todos debían evacuar de inmediato las zonas siniestradas.

El Chelo rogó a Dios cuando llegó hasta la carretera y sólo para observar cómo en el horizonte se asomaba una infernal pared de humo, cenizas y llamas que avanzaba despiadado hacia el sector por donde vive.

El perturbado corazón del pirómano presintió una terrible desgracia y rápido quiso comunicarse con su abuela. Pero, fue ahí que descubrió que perdió su teléfono. El miedo se apoderó de él.  Un inquietante sentimiento devoró su alma que por más dinero que vaya ganar jamás volverá a estar en paz consigo misma.

FIN.

-Cuento #28-

¡Abrazo literario!

Sergio Muñoz es periodista y escritor. Publicó en 2022 “Entre el Cenit y el Abismo. Y otras ficciones”. Puedes seguirlo a través de su cuenta de Instagram y Facebook.

 

Jueves, 26 de Febrero de 2026

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