Louise Glück, Premio Nobel de Literatura 2020

Nobel 2020
Louise Glück, poeta norteamericana.

Nadie queda indiferente ante el Premio Nobel de Literatura y menos aún cuando se trata de una mujer, precisamente de Louise Glück (77), oriunda de New York, flamante galardonada.

Fue tendencia en Redes Sociales y  en los buscadores de Google también algo que no es menor, ya que su nombre se ha plasmado en la historia a partir de hoy, miércoles 8 de octubre, cuando la Academia Sueca dio a conocer al mundo esta noticia.

Para algunos es un premio injusto, considerando que últimamente han sido galardonados escritores que preferentemente usan el idioma en inglés para darse a conocer, contradiciéndose así ante la idea de la Academia de globalizar el premio, sin importar el idioma o que posean importantes contactos.

Por otro lado, algunos lo consideran justo porque la reciente Nobel de Literatura ha sido fiel a un estilo propio que ha comenzando a pulir desde hace varias décadas atrás.

Entonces, te dejamos una serie de poemas de Louise Glück que esperamos disfrutes y compartas con tus amigos que esta gran poeta ha legado a la humanidad.

“El Jardín”

No puedo hacerlo nuevamente,

difícilmente soportaría verlo;

bajo la tenue lluvia del jardín

la joven pareja siembra

un surco de guisantes, como si

nadie lo hubiese hecho nunca:

los grandes problemas todavía

no han sido enfrentados ni resueltos.

 

Ellos no pueden verse

en el polvo fresco aún, empezar

sin ninguna perspectiva,

con las colinas al fondo, verdes y pálidas, nubladas de flores.

 

Ella desea detenerse;

él desea llegar hasta el fin,

permanecer en las cosas.

 

Mírala a ella tocar su mejilla,

pedirle una tregua, los dedos

ateridos por la lluvia primaveral;

en el pasto tierno estrellan rojos azafranes.

 

Aun aquí, aun en los comienzos del amor,

su mano al abandonar la cara

da una impresión de despedida,

 

y ellos se creen

capaces de ignorar

esta tristeza.

 

“El Vestido”

Se me secó el alma.

Como un alma arrojada al fuego,

pero no del todo,

no hasta la aniquilación. Sedienta,

siguió adelante. Crispada,

no por la soledad sino por la desconfianza,

el resultado de la violencia.

 

El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,

a quedar expuesto un momento,

temblando, como antes

de tu entrega a lo divino;

el espíritu fue seducido, debido a su soledad,

por la promesa de la gracia.

¿Cómo vas a volver a confiar

en el amor de otro ser?

 

Mi alma se marchitó y se encogió.

El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado

grande

para ella.

Y cuando recuperé la esperanza,

era una esperanza completamente distinta.

 

“Amante de las flores”

En nuestra familia, todos aman las flores.

Por eso las tumbas nos parecen tan extrañas:

sin flores, sólo herméticas fincas de hierba

con placas de granito en el centro:

las inscripciones suaves, la leve hondura de las letras

llena de mugre algunas veces…

Para limpiarlas, hay que usar el pañuelo.

 

Pero en mi hermana, la cosa es distinta:

una obsesión. Los domingos se sienta en el porche de mi madre

a leer catálogos. Cada otoño, siembra bulbos junto a los escalones de ladrillo.

Cada primavera, espera las flores.

Nadie discute por los gastos. Se sobreentiende

que es mi madre quien paga; después de todo,

es su jardín y cada flor

es para mi padre. Ambas ven

la casa como su auténtica tumba.

 

No todo prospera en Long Island.

El verano es, a veces, muy caluroso,

y a veces, un aguacero echa por tierra las flores.

Así murieron las amapolas, en un día tan sólo,

eran tan frágiles…

“La mariposa”

 Mira, una mariposa. ¿Pediste un deseo?

 Uno no pide deseos a las mariposas.

Tú hazlo. ¿Pediste uno?

 Sí.

Pues no cuenta.

“Amor bajo la luz de la luna”

A veces un hombre o una mujer imponen su desesperación

a otra persona, a eso lo llaman

alternativamente desnudar el corazón, o desnudar el alma.

(Lo que significa que para entonces adquirieron una.)

Afuera, la tarde de verano, todo un mundo

arrojado a la luna: grupos de formas plateadas

que podrían ser árboles o edificios, el angosto jardín

donde el gato se esconde para revolcarse en el polvo,

la rosa, la coreopsis y, en la oscuridad, la cúpula dorada del capitolio

transformada en aleación de luz de luna,

forma sin detalle, el mito, el arquetipo, el alma

llena de ese fuego que en realidad es luz de luna,

,tomada de otra fuente, y brilla unos instantes, como brilla

la luna: piedra o no,

la luna sigue estando más que viva.

“Semejanza final. La última vez que vi a mi padre ambos hicimos lo mismo”

El estaba parado en la puerta de su habitación,

esperando que yo acabase de hablar por teléfono.

Que él no estuviera pendiente a su reloj

era una señal de que quería conversar.

Conversar para nosotros siempre significó lo mismo.

El decía algunas palabras, yo decía unas de vuelta.

Y en eso consistía.

Casi terminaba agosto, hacía mucho calor, mucha humedad.

Al lado los trabajadores arrojaban gravilla fresca en la marquesina.

Mi padre y yo evitábamos estar solos;

No lográbamos conectarnos, hablar por hablar.

Era como si no existieran

otras posibilidades.

Así que esta era especial: cuando un hombre se esta muriendo,

hay de que hablar.

Debe haber sido temprano en la mañana. De un lado a otro de la calle

los aspersores empezaron a funcionar. El camión del jardinero

apareció al final de la cuadra

hasta que se detuvo para estacionarse.

Mi padre quería contarme cómo era eso de morirse.

Dijo que no estaba sufriendo.

Dijo que se había quedado esperando el dolor, aguardando, pero nunca vino.

Lo único que sentía era una especie de debilidad.

Le dije lo mucho que me alegraba, que me parecía que tenía suerte.

Algunos de los maridos se subían a sus carros para ir al trabajo.

No gente que conociéramos. Nuevas familias,

familias con niños pequeños.

Las amas de casa se paraban en la marquesina, gritando o haciendo ademanes.

Nos dijimos adiós como acostumbrábamos,

Sin abrazarnos, nada dramático.

Cuando el taxi vino, mis padres lo observaron desde la entrada,

Agarrados de las manos, mi mamá tirando besos como suele hacer,

ya que le molesta cuando una mano no se está usando.

Pero por primera vez, mi padre no sólo se quedó parado ahí.

Esta vez saludó.

Eso mismo hice yo en la puerta del taxi.

Como él, saludé para esconder el temblor de mi mano.

“El iris salvaje”

Al final del sufrimiento me esperaba una puerta.

Escúchame bien: lo que llamas muerte lo recuerdo.

Allá arriba, ruidos, ramas de un pino vacilante.

Y luego nada. El débil sol temblando sobre la seca superficie.

Terrible sobrevivir como conciencia, sepultada en tierra oscura.

Luego todo se acaba: aquello que temías,

ser un alma y no poder hablar,

termina abruptamente. La tierra rígida

se inclina un poco, y lo que tomé por aves

se hunde como flechas en bajos arbustos.

Tú que no recuerdas

el paso de otro mundo, te digo

podría volver a hablar: lo que vuelve

del olvido vuelve

para encontrar una voz:

del centro de mi vida brotó

un fresco manantial, sombras azules

y profundas en celeste aguamarina.

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