Muchos recordamos con cariño que hace más de veinte años atrás fue muy habitual observar a una singular pareja de enamorados caminar juntos de la mano por diversos rincones de la humilde Caleta Pichicuy, ubicada en la bahía de La Ligua.
Los jóvenes tórtolos se divertían persiguiéndose sobre la arena del lugar, permanecían abrazados hasta que el sol se extinguía detrás del horizonte y emanaban una bella sonrisa que a todos nos alegraba observar.
No obstante, todo cambió en la caleta cuando apareció de manera sorpresiva el ofuscado padre del muchacho que ante todos nosotros gritó, sin importarle nada: “¡Este tonto amor se termina hoy!”.
Aquel hombre era un reconocido empresario de paltas que no toleró que su único hijo y futuro heredero, del negocio familiar, sostuviera un romance con la hija de una simple vendedora de dulces que ofrecía sus productos a los choferes de los buses que se detenían a un costado de la carretera.
¡Qué día más terrible fue ese! Muchos lo recordamos como el día que murió aquel amor porque el iracundo padre, ignorando el reciproco sentimiento entre los adolescentes, no sintió ninguna pizca de compasión por la pobre muchacha que cayó de rodillas suplicando, mientras sus ojos se desgarraron de dolor, que no le arrebataran el amor de su vida.
Sin embargo, aquel reconocido empresario condujo a su hijo hasta el vehículo y partió con él hasta su casa, advirtiéndole que hoy era el último día en este lugar, ya que para mañana volaría hasta Santiago. De esta manera, tan violenta y repentina, acabó el romance más bello que conocimos en Caleta Pichicuy.
La madre de la destrozada muchacha al enterarse que su hija sufrió una terrible vergüenza y la pérdida de su amor más puro, fue rápido a encontrarse con ella y no le importó dejar su enorme canasto de mimbre con sus delicias en su interior.
Luego, supimos que una vez consolada su hija, la madre se dirigió hasta la ostentosa residencia de aquel señor y pese a que el paltero esquivó el encuentro, la señora maldijo a su familia y advirtió que la única manera de enmendar el error sería permitiendo que los jóvenes volvieran a reencontrarse para disfrutar de su amor, antes que su maldición sea irreversible.
Por supuesto el empresario de las paltas ignoró las palabras de la mujer y pensó que todo esto se trataba simplemente de una rabieta de una vieja desclasada y aspiracional que anhelaba ser parte de su honorable familia.
Pasó el tiempo en Caleta Pichicuy y todos estuvimos de acuerdo que nunca más volveríamos a observar a una pareja tan enamorada como aquellos muchachos.
Después que la vendedora de dulces fue hasta la casa del padre del muchacho, ningún vecino supo algo de la muchacha o de su madre. De hecho, y de manera curiosa, ambas desaparecieron por arte de magia. No dejaron rastro alguno y no volvimos a saber nada de las dos mujeres.
Pasaron los años y el negocio de las paltas se mantuvo muy bien. El viejo empresario estaba contento tras haber adquirido nuevas hectáreas desde donde brotaba verdadero oro verde que se vendió muy bien tanto a nivel nacional como internacional. Además, él estaba orgulloso que su hijo al fin haya comenzado a estudiar en la universidad para potenciar los conocimientos que requería para liderar el negocio familiar en el futuro.
Pero, la vida dio un vuelco desfavorable para el paltero. Su primogénito y único hijo murió en un terrible accidente automovilístico, producto del excesivo consumo de alcohol. El padre jamás reconoció que arrebatarle el amor de la muchacha a su hijo fue uno de los peores errores en su vida. El hijo jamás olvidó a su enamorada y su odio hacia su padre creció con el pasar de los años hasta que aconteció su trágico final.
Además, como las desgracias nunca llegan solas, lo que parecía un mal año en cuanto a lluvias por aquel entonces se terminó convirtiendo en una desgraciada mega sequía que duró por más de diez años.
El viejo y maldito empresario no aceptó creer que lo que antes era un maravilloso paisaje frondoso, de bellos y generosos paltos, hoy no se trataba más que una triste y gris fotografía de árboles muertos, que sucumbieron ante la falta de agua y del calor del sol.
Lo que antes fluía a través de las cuencas de los ríos hermanos de Petorca y de La Ligua, que bastaba para abastecer el consumo de todos, ahora sufría una crítica situación en donde los pocos caudales, que aún se resistían a morir, a duras penas logran satisfacer las necesidades del consumo humano y agrícola.
El pobre empresario jamás agradeció el regalo que le brindó la naturaleza. Menos aún le interesaba antes observar a los pejerreyes saltar por los caudales hasta que empezaron a desaparecer por la escasez de agua del lugar.
La poca agua que circula y agoniza entre los diversos caudales de la zona se convirtió en motivo de indignación y protestas entre los vecinos que ya no respetaban e idolatraban a los antaños empresarios del lugar, por culpar a éstos de secar la zona, a un nivel tan extremo y preocupante, con tal de mantener a sus malditas paltas en el negocio, en vez de solidarizar con el consumo humano del agua.
El dolor en el viejo empresario se acrecentaba cada vez que debía apilar los restos de los paltos, que arrancaba de la seca y castigada tierra, por culpa de la interminable sequía que no brindó tregua alguna, convirtiendo en un verdadero cementerio las vastas hectáreas ya agrietadas por la falta de agua.
Haciendo caso a un fuerte impulso el viejo empresario tomó su vehículo y arrancó con toda prisa hasta aquel lugar en donde comenzó toda esta desgracia.
Mientras condujo hasta Caleta Pichicuy, el viejo pensó en aquella mujer que fue hasta su hogar sólo para maldecirlo. Por primera vez, en muchos años, la imagen de esa persona totalmente desconocida para él se transformó en una figura espectral que en todos lados aparecía, para atormentarlo por aquellos errores del pasado.
Cuando al fin el viejo llegó hasta la caleta, él detuvo su vehículo con vehemencia. Un nudo se atoró en su garganta porque presenció a dos jóvenes que tomados de la mano lucían tan enamorados como aquella joven mujer con su difunto hijo, que él separó de manera violenta. El parecido entre estas parejas fue asombroso.
Tuvo que pasar más de veinte años para que él se diera cuenta del grave error que cometió. Mientras lloró a cántaros en el interior de su vehículo, la joven pareja danzó alegre sobre la arena del lugar, mientras el sol se esfumó por detrás del horizonte, anhelando volver a encontrarse con aquellos enamorados al siguiente día.
FIN.
-Cuento #3-
¡Abrazo literario!
Sergio Muñoz es periodista y escritor. Publicó en 2022 “Entre el Cenit y el Abismo. Y otras ficciones”. Puedes seguirlo a través de su cuenta de Instagram y Facebook.
Martes, 30 de Marzo de 2023
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