A mi pareja no le gusta mi costumbre de recoger restos de cuarzo de camino hacia el tranque de la luz, en la Laguna de Placilla, porque, y según ella, atraso nuestra marcha.
Pero antes de llegar, cruzamos por afuera de un improvisado cementerio de mascotas que los vecinos del sector establecieron.
Aquel lugar nos sensibilizó a los dos cuando notamos las improvisadas y pequeñas tumbas; algunas decoradas con lápidas de mármol y otras con simples recuerdos de sus amados e inolvidables peluditos.
Entre ese sitio y el tranque no hay mucho tiempo de distancia a pie, pero por el natural encanto y mi obsesión por recoger cuarzo, el tramo se hizo un poco largo, hasta que llegamos a nuestro bello destino.
Mi pareja y yo siempre quedamos encantados con el paisaje de la laguna. Nos abrazamos por un instante y le prometí que ya dejaría de recoger cuarzo. Ella rio porque sabía que yo mentía.
De pronto, ante nosotros, apareció un lindo y negro quiltro. De hecho era una perrita adulta, lucía un par de calcetines blancos y cortos, una juguetona y pequeña cola, y poseía unos marrones ojos que nos encantó observar.
Mi pareja de inmediato se enamoró de la desconocida perrita. Me preguntó, de manera tonta, si acaso ella tendría dueños. ¿Cómo lo iba a saber?
Imaginé que alguien, un inquilino de estos miles de departamentos que rodea a toda la laguna, debe de alimentar a nuestra nueva compañera, ya que la perrita no parecía hambrienta, deshidratada o angustiada de estar en medio de toda esta maravillosa naturaleza.
“Leona”, nuestra nueva amiga e invitada de honor y a quien bautizamos, nos acompañó en nuestra rústica caminata, mientras compartimos con ella algo de nuestros sanguches, agüita y muchos cariños que recibió a lo largo de este grato paseo.
De alguna manera creímos que Leona nos entendió desde que nuestros caminos se cruzaron y pensamos que ella podría ser la mascota perfecta para cualquier amante de estos animales. Y para nosotros también.
Tras el fin de nuestro paseo, regresamos hasta el lugar en donde estacionamos el vehículo. No dudamos en subir a Leona hasta nuestro auto. Mi pareja jamás se perdonaría perder a tan bella criatura ni yo mucho menos. Leona se subió con nosotros finalmente.
Yo conduje contento, escuchando mi música favorita, en cambio mi pareja fue mirando el teléfono celular sentada en el lugar de copiloto mientras que Leona, a pesar que se encontraba detrás de nosotros, parecía que no estaba en el interior del automóvil. Tan tranquila y bien portada. Maravillosa.
Sin embargo, toda la atmósfera cambió cuando mi pareja comenzó a reiterar “¡NO PUEDE SER!”. De reojo la observé y pregunté qué sucedía. Ella no respondió. Volví a preguntar más intrigado, pero en vez de contestar, mi pareja volteó a mirar hacia atrás y su gritó no sólo erizó mi piel, sino también casi generó que nos accidentáramos porque sufrí la descoordinación entre el volante y los pedales, por el susto recibido.
Luego, cuando detuve el vehículo, noté a mi pareja pálida, con la mirada fija hacia el panel del auto, con sus manos temblorosas y sin soltar el teléfono celular.
Tomé el teléfono de sus trémulas manos y comprendí lo que a mi pareja le sucedió. A la perrita que rescatamos y llamamos Leona, figuraba en un grupo animalista como una extraviada mascota, pero luego corroboraron su muerte. La foto de Leona, en la red social, era idéntica a la perrita que nos acompañó a lo largo de nuestro paseo. Luego de mirar aquel post y leer los comentarios, me atreví a voltear. Leona ya no estaba. Sentí un frío sudor recorrer todo mi cuerpo. Mis manos temblaron. Abracé a mi pareja y entre los dos intentamos calmarnos. Respiramos. Y nos bajamos del auto para liberarnos de la tensión del momento.
Quién se hubiera imaginado que el alma de una desafortunada mascota, que nos acompañó en un lindo paseo, nos salvó de perder nuestras vidas, a pesar del terrible susto que nos llevamos. Porque a unos cuantos kilómetros de distancia, por la pista que circulábamos, ocurrió un terrible accidente. Si no nos hubiéramos detenido, también habríamos sido parte de esa fatal tragedia.
Gracias Leona o mejor dicho “Negrita”, como realmente te llamabas. Deseamos volver a encontrarte, paseando feliz por los alrededores de la laguna. Mi pareja empezó a recoger cuarzo por ti. Siempre escoge piedras grandes, muy blancas y no tan sucias, para aquel momento en que nuestros caminos se vuelvan encontrar, cuando al fin hallemos el lugar en donde descansa en paz, para decorarlo hermosamente con las piedras preciosas que hemos recogido para ti.
FIN.
-Cuento #2-
¡Abrazo literario!
Sergio Muñoz es periodista y escritor. Publicó en 2022 “Entre el Cenit y el Abismo. Y otras ficciones”. Puedes seguirlo a través de su cuenta de Instagram y Facebook.
Sábado, 25 de Febrero de 2023
