Armando Rubio Huidobro fue un poeta santiaguino (1955-1980)  que destacó por sus versos inspirados por el amor, la desgracia y por el mundo que le tocó vivir, siendo considerado como una gran promesa en el campo de la poesía, entre la década de los setenta y ochenta en nuestro país.

Desde muy pequeño sintió la influencia literaria de escritores como Gabriela Mistral, Pío Baroja, Anton Chejov, William Saroyan, Knut Hamsun y César Vallejo, lo que impulsó en él una joven producción poética que le permitió participar en diversos espacios literarios y obtener reconocimiento por sus poemas.

A pesar de su innegable talento literario,  murió con tan sólo 25 años de edad. Su presume que Armando Rubio Huidobro se suicidó, aunque su familia declaró que se trató de un desafortunado y terrible accidente.

Su padre, Alberto Rubio Riesco (1928-2002), que también fue un destacado poeta, realizó una antología de los versos de su difunto hijo en 1983 y lo presentó en el Premio Municipal de Literatura de Santiago que al siguiente año lo galardonó de manera póstuma y unánimemente, por su enorme calidad poética. 

El único hijo del vate Rubio Huidobro, Rafael Rubio Barrientos (1975), decidió seguir los pasos familiares y también se convirtió en poeta, al igual que su padre Armando y su abuelo Alberto.

A continuación te dejamos algunos poemas que nuestro destacado poeta legó para toda la perpetuidad y que Jorge Teiller, a una semana de la muerte Armando, le dedicó las siguientes palabras:

“La llama viva que era Armando se encenderá cada vez que lo recordemos o leamos quienes tuvimos el privilegio de ser sus amigos en su breve tránsito terrestre”.

Algunos poemas de Armando Rubio Huidobro

“Monedas”

Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.

Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo.

“Isadora”

Isadora Duncan baila
en un café de París,
y un soldado arroja
la primera granada del catorce.

Aún se disputan la Tierra los hombres,
y renacen
Sordos clamores imperiales.

Con buen ojo el fabricante
arroja al mercado soldados de plomo,
y el cielo se puebla de pájaros extraños,
y se incendia el mar en artificios.

En Siberia cae la nieve sobre los zares,
y el mundo se asombra en los periódicos,
y las dueñas de casa recuerdan a Penélope.

Los hijos de Isadora
van por el Sena durmiendo,
y ella recuerda a su madre que naufraga en las artesas
de algún suburbio de Nueva York.

Isadora danza descalza
con el último príncipe de Italia.
Isadora baila con el pueblo,
y el pobre señor Singer, amo de sastres y modistas,
rompe nuevamente los cristales de su casa
y los invitados huyen despavoridos al aeropuerto.
El hombre admite en los estrados
que la paz es negociable.
Pero ya la Tierra echó a rodar
su cauce decidido.
Ya la rueda enzarza el cuello
majestuoso de Isadora:
el último galán ya se la lleva,
y le ha puesto rojo beso en la bufanda.

Allá va gloriosa la granada
a socavar la arena.
A Isadora la esperan
sus hijos en el Sena;
los muertos de la guerra;
Esenin, el poeta.
Allá Nueva York erige sus piedras
entre heráldicas humaredas.
Pero Isadora baila en las trincheras,
¡Isadora Duncan está danzando por toda la tierra!

“Las nubes”

Niño,
las nubes no son de algodón;
las nubes son
el bostezo de Dios.

Niño,
las nubes no son un adorno;
las nubes
son un estorbo:
no nos dejan ver a Dios.

“Biografía anónima”

Soy un oscuro ciudadano
abandonado en medio de las calles
por el cuchillo sin pan de mediodía,
despojado y marchito
como el reloj de las iglesias,
sin otro oficio que vagar entre disfraces.

Soy el familiar venido a menos,
enraizado a las tabernas
y a la complicidad del bandolero.
Mi voz naufraga en los cristales de las tiendas,
y he perdido la vista en los periódicos,
pero tengo los pies bien puestos sobre la tierra
y una almohada que vuela por los hospitales
y por los dormitorios del oscuro hogar de nadie.
Tengo una celda amable en las comisarías,
y suelo bailar a hurtadillas bajo la noche
con mi camisa blanca
y mi corbata deshojada.

Soy un oscuro ciudadano
extraviado por el mundo:
voy cogiendo colillas de cigarros,
y canto en los tranvías,
y me peino hacia atrás, valientemente,
para mostrar mi noble frente anónima
en los baños públicos y en los circos de mi barrio.

Soy un oscuro habitante; no soy nadie;
en nada me distingo de algún otro ciudadano;
tengo abuelas y parientes que se han ido
y una espalda ancha que socava
la pared amiga de las cervecerías.

Soy una ola entre todas las olas,
una ola que se levanta
a las seis de la mañana
porque ya no puede
oler el polvo de su casa,
una ola que se alza, alborozaba
hacia las playas
para un retorno interminable al centro de las cosas
donde las olas todas
se empujan mutuamente
estériles y solas.

Porque no soy digno de mi semen,
Señor, yo no soy nadie;
estoy en medio de las calles
girando como un organillero
con mi camisa gastada, inamovible,
mirándome la punta del zapato
por si alguien quiere darme
una moneda que no quiero,
aunque nadie me ha visto pasar
esta tarde ni nunca,
porque nunca soy alguien,
ni siquiera un oscuro ciudadano
resucitado por el hombre.

Mi voz ha muerto en los cristales de las tiendas,
y tengo una espuma de mar aquí en la boca, ebrio,
porque soy una ola entre todas las olas,
que viene a morir en esta arena de miseria
decentemente con su traje de franela
y su ciega corbata
como buen hombre que era.

Fui un oscuro ciudadano,
Señor, no lo divulgues,
cesante, ¡sí!
Hasta aquí llegó la vida,
pero recuerda al fin:
yo nunca pedí nada
porque tuve camisa blanca.

“Ciudadano”

No sé de donde viene mi costumbre
de agravarme a las siete de la tarde.
Quizá solo por ser un transeúnte
sin bigote o pañuelo, sin zapato ni amante.
No sé para qué vivo y por qué muero,
si ha tiempo me dijeron las gitanas
que tendré vida cara con final de perros:
o sea que no pienso morir como dios manda.
Conozco bien las piedras de andar, la vista gacha;
recojo los cigarros que pueblan las cunetas
agradeciendo todo en mis andanzas
de oscuros pies de barro y de madera.
Si yo fuera un cantor como soñaba,
me iría por el mundo cantando mis desdichas
para vivir del canto mío y que me escucharan
los que sueñan con una risa limpia.
Pero no tengo voz, ni pañuelo, ni amante;
no sé por qué me vuelvo amigo de los perros
cuando soy un transeúnte de la tarde
sin saber por qué vivo y por qué muero.

*Los siguientes poemas fueron tomados de Blogger.com

AUTOR. Elsemáforo.cl.

Miércoles, 17 de Diciembre de 2025

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